jueves, 3 de marzo de 2011

¿Dónde están Los Escritores?


Un día salí a buscar un escritor, alguien que pudiera enseñarme el oficio. Primero pensé que de seguro los encontraría en las Universidades y en las escuelas. Un oficio tan noble debe ser practicado en las instituciones educativas.

Al llegar a la Universidad pregunté por Los Escritores y nadie supo decir dónde estaban --¿Pues no son ellos quienes dan clases de Lingüística, Literatura y Filosofía? –No –Dijeron –Para esas asignaturas tenemos a Lingüistas y Filósofos. No alcancé a comprender la respuesta pero no me di por vencido.

Encaminé mis pasos a las Bibliotecas y Librerías. En las primeras me pidieron guardar silencio y contentarme con leer los libros que ahí guardaban. En las segundas, había más ruido pero no me dejaban leer sin antes comprar un libro y los que ahí exhibían eran bastante caros. Pregunté a los encargados por los autores de los libros, dijeron que muchos ya estaban muertos y otros tantos nadie los conocía.

Salí desconcertado y sin idea de dónde más buscar. Mis pies me llevaron por Museos, Teatros, Cines, Restaurantes y Hoteles de 5 estrellas (tan distinguidas personas deben hospedarse en lugares así ¿cierto?). Todo fue inútil.

Sin obtener resultados de mi búsqueda, caí en desgracia. En mi desdicha caminé por calles sombrías, túneles malolientes y bares de mala muerte. En la soledad y el alcohol quise olvidar mi fracaso.

Me encontraba ahogado de borracho una vez más, preguntando al cantinero lo mismo que había preguntado a tantos otros: ¿Dónde están Los Escritores?. Él volteó sin prestar atención a los desvaríos de un pobre diablo como yo, pero un individuo sentado a mi lado tomo mi brazo para llamar mi atención.

Me di cuenta que se encontraba igual o más alcoholizado que yo. Llevaba varios días sin bañarse, de lo cual me percaté a pesar de mi estado, por cierto aroma fétido que exhalaba su persona. De amplia frente y melancólicos ojos, portaba un abrigo negro como su revuelto cabello. Este abrigo era, evidentemente una vieja adquisición puesto que lucia raído. Este hombre que describo, se acercó y susurró a mi oído: Yo soy un escritor.

La realidad nos golpea con tanta brutalidad que pocas veces la aceptamos. Preferimos huir, voltear la mirada… sencillamente ignorar lo que nuestros ojos ven. Somos incapaces de soportar eso que llamamos Realidad porque al final de cuentas ¿Qué es la Realidad? ¿Cómo sabemos que nuestros sentidos no nos engañan?

Después de la confesión de aquel vago solté una carcajada. Enardecido por el brandy, reí durante mucho tiempo hasta que vomité y me sacaron a golpes del establecimiento. Terminé dormido a la entrada de aquel nefasto lugar.

Desperté con una extraña sensación. No puedo explicar por qué, pero llamé a la puerta del antro y el dueño estuvo a punto de darme otra paliza. Logré calmar su furia y pregunté por mi interlocutor de la noche pasada y dijo que no lo conocía. Resulta que aquel tipo casi siempre llegaba cuando se le había acabado el dinero, completamente embriagado, a pedir un último vaso de vino. Terminaba su bebida y salía sin dirigir palabra a persona alguna.

En una ocasión le llamaron Edgar pero dudaba que ese fuera su nombre verdadero- El cantinero creía que era un fumador de opio y prefería no meterse con esa clase de personas.

Nunca más supe de aquel pobre hombre. Por eso ahora escribo estas líneas, con la esperanza de recibir ayuda, alguna pista que me lleve a su paradero. De mi experiencia aprendí que Los Escritores no están en el lugar que les corresponde. Ellos están en la calle; aquellos limosneros que cantan su vida acompañados de un viejo tambor, ancianos que cuentan la historia de la ciudad, borrachines que no paran de hablar sobre su infernal vida, porque para ser escritor, lo único que se necesita es tener algo que contar.

Reclutamiento y selección.


El color café domina el ambiente; sillas, alfombra y columnas. Las paredes están pintadas de gris. La luz de la sala de espera es muy brillante, tanto que lastima la vista. El joven, nervioso, voltea hacia ambos lados y descubre a otras personas: unos distraídos mirando un punto en la pared que tienen enfrente, otros charlando a murmullos, algunos cabeceando por el cansancio y unos más mirando de reojo, desconfiados.

El joven suspira profundamente y deja volar su imaginación. Apenas alcanza a vislumbrar la hipotética situación del futuro cuando una voz femenina, con un tono de falsa amabilidad, pide la atención de todos los presentes.

Todos centran su mirada en la fuente de tan desagradable voz: una señora con vestido gris y blusa blanca con cuello de holanes. Aparenta unos cuarenta años muy mal vividos pues tanto cabello como rostro se notan maltratados. Grandes arrugas cubren su frente y feos granos descomponen sus facciones. Sumando un tinte rubio con tono verdoso y mal rizado en el cabello, el aspecto general que da es el de una bruja. Así lo piensa el joven.

La Bruja orden entregar los documentos que requieren para ingresar y posteriormente formar dos filas: una de hombres y otra de mujeres. El recinto se llena de ruido de sillas moviéndose, de pasos, murmullos y hojas de papel. Cumplidas las órdenes, las filas caminan casi de forma marcial hacia una habitación con la misma decoración pero más pequeña y vuelven a tomar asiento. Al frente hay 2 puertas, una junto a la otra, izquierda y derecha. Izquierda para hombres, derecha para mujeres. El joven no puede evitar pensar en un gran baño público.

Otra vez sentado, mirando a su alrededor, en silencio mientras uno a uno son llamados a cruzar las puertas y se pregunta ¿qué hay detrás de ellas? Cada que sale una persona, salen con una sonrisa en el rostro pero lo más intrigante es el sobre blanco que llevan en la mano. ¿Será dinero?

El joven escucha un nombre que le es familiar, el suyo. Le llama un atractivo hombre vestido elegantemente. El joven responde al llamado y cruza la puerta a la vez que le invitan a tomar asiento. El hombre atractivo se presenta, de manera pomposa, como evaluador, pero no dice claramente su nombre.

El Evaluador mueve las manos de forma armoniosa y sus palabras suenan dulces y llenas de esperanza, sin embargo, el joven no entiende. Mira a los ojos del evaluador sin comprender lo que dice, este le extiende un sobre blanco, el joven lo toma y regresa a la sala anterior. Siente las miradas suspicaces se apresura a tomar asiento.

Un hombre gordo llama a todos aquellos que tienen sobre blanco y les hace pasar a una sala mucho más amplia y totalmente gris. Todos los presentes tienen una mueca parecida a una sonrisa, sus ojos miran al vacío.
El Gordo observa fijamente al joven y le pregunta por qué no sonríe. Sin detenerse a reflexionar, adopta un gesto similar al resto, que desaparece al momento de voltear el gordo a recibir a más y más personas, todas con sobre blanco en la mano.

El joven se da cuenta que la sala se encuentra llena y sin saber cómo, esta se ha convertido en una especie de escenario de teatro, completamente gris. Sobre el escenario, El Gordo pintado como payaso y vestido de traje. Todo mundo ríe, aplaude y grita mientras el joven sigue sin comprender qué es lo que pasa. El Gordo comienza a hablar del DINERO y del SECRETO. Grita extasiado algo sobre la realización de los sueños y al momento todo da vueltas mientras la atronadora voz del gordo continua su monólogo. Hay más risas, más aplausos, más gritos.

Un par de perros Caniche vestidos con traje y corbata aparecen en el escenario. Corren alrededor del gordo lamiendo sus zapatos y ladrando al público. El calor es sofocante y una estúpida y repetitiva melodía acompaña la voz y los ladridos del gordo y sus perros. Se crea una cacofonía insoportable que es vitoreada por los demás asistentes mientras el joven trata de cubrir sus oídos y sus ojos al paroxismo que tiene a su alrededor.

De pronto todo termina. El escenario desaparece y el gordo, ya sin maquillaje, agradece uno a uno a su público, dándoles un asfixiante abrazo. Pero el espectáculo no ha terminado, el segundo acto está por comenzar y todos son conducidos a otro espacio. El joven deja su lugar en la fila y voltea para darse cuenta que el resto alaba al gordo como si fuera un Dios y le ofrecen, “en sacrificio”, el sobre blanco que tienen en la mano. El gordo guarda en sus bolsillos las ofrendas y suelta una terrible carcajada.

El joven sale en silencio del edificio y contempla a miles más esperando su turno para ingresar. Mientras se aleja, recuerda que todavía lleva el sobre blanco, decide abrirlo y encuentra una hoja blanca con la frase “Deposite aquí la cantidad señalada”.  

viernes, 18 de febrero de 2011

Intento de poesía barata.


Sonriendo por la ventana
Me asomo a contemplar tu mirada
Pero de tu cuerpo no muestras nada
Y así solito me quedo con las ganas.

De regreso a mi oscura habitación
A ver una película de mi colección
Para olvidar tu traición
Y lo roto de mi corazón.

Pero llevas las de ganar
Y tu foto sigue enmarcada
Con sumo cuidado, muy bien labrada
En mi mente despiadada.

Y una lagrima escurre por mi mejilla
Recuerdo el tiempo que fuimos a la villa
O cuando se armó aquella rencilla.
¡Imposible olvidar a la pandilla!

Un día sin mas te fuiste.
Soporté ese día tan triste.
Busqué algún refugio
A tu partida sin anuncio.

En el alcohol encontré un amigo
Él siempre estaba conmigo
Hasta que un día peleamos
Por el amor que compartimos.

De regreso a la soledad
Lejos de cualquier banalidad
Y con unos toques de Risperdal
Para soportar esta pinche realidad.

Quizá sea hora de claudicar.
Puede que de tanto amar,
Mi corazón esté por estallar.

miércoles, 12 de enero de 2011

No vives con ella.


No amigo, es que tu no entiendes porque no vives con ella, no sabes de lo que te hablo porque tu eres soltero y no te preocupas por otra persona aparte de ti. De verdad, esta situación se está volviendo insoportable.

viernes, 7 de enero de 2011

Un cuarto de siglo.

Conocí a Juan Rulfo por casualidad, de esas veces que andas vagando por las calles y entre los puestos te encuentras con una nota de él en un periódico.

Juan Rulfo. Me gustó como suena el nombre, eso sin mencionar que somos tocayos. Tenía como 15 años y ni idea de que el señor escribía. Al llegar a la prepa, en esas visitas forzadas a la biblioteca, cuando me obligaban a ignorar la sección de Literatura para meterme de lleno en Matemáticas, escape unos 5 minutos para “tantear el terreno”, ver que historias podía encontrar en un estante casi vacío.

Ahí estaba de nuevo: Juan Rulfo. El título del libro: El llano en llamas. Lo primero que me vino a la mente fue una novela de guerra. Imaginé una lucha entre franceses y una facción desconocida. Una historia heroica, del tipo Hollywood, con muchos disparos y explosiones y al final, un cabrón bien maldito sacrificándose por su patria. Muy alejado estaba de la realidad.

Yo creo firmemente que, así como los maestros llegan cuando el alumno está listo, los libros llegan cuando la persona los entiende. Tardé otros 5 años para leer “El llano en llamas”. Andaba de curioso en una librería y vi el mencionado. Color café, pequeño, una bonita portada, papel grueso y letra grande. Sin pensarlo me dirigí a la caja y pague lo correspondiente.

Comencé a leer al abordar el camión de regreso a casa. Para cuando llegué a mi destino, estaba completamente enamorado de la prosa de Juan. El libro comienza con el cuento “Nos han dado la tierra” Nunca había leído a una persona describir, con tanta belleza mezclada con nostalgia, un llano. Simplemente la historia de 4 personas que caminan por un llano, bajo un ardiente sol.

Un cuento fácil, pero que encierra tanto significado, que muestra las ilusiones y debilidades del ser humano, que deja entrever el alma del autor y de los personajes.

El libro continua bajo esa línea. Sublime en todos los aspectos, tan diferentes los personajes, tan llenos de vida, de esa vida que se nos escapa cada segundo. Y de esa tierra, de México y su “realidad” porque no escribe de una “realidad” sino de muchas. Y cada página lleva impresa el alma de nuestra gente, de nosotros mismos y del autor.

Así conocí a Juan Rulfo y digo lo conocí porque siento que su obra mostró su verdadero ser. Sobra decir que a la semana siguiente corrí a comprar su novela Pedro Páramo. Ambos libros se convirtieron en mis favoritos inmediatamente.

Hoy se cumplen 25 años de su muerte y si no has leído ninguna de sus historias, es tiempo de que te acerques a ellas y a su autor. Te aseguro encontrarás un maravilloso tesoro de las Letras Mexicanas.

Descanse en paz Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno.
16 de mayo de 1917 - 7 de enero de 1986.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Huyendo del frío.


Pues con la noticia que me fui a Tuxpan, Veracruz. Quería conocer el mar porque sólo lo había visto en fotos o televisión.

Muy chido el viaje, fue genial compartir tantos días con mis amigos, conocer otros lugares, aprender de las personas... simplemente maravilloso.

Les dejo una foto que tomé, la llamo "La grandeza del hombre".
Nos veremos en el futuro.
Feliz 2011.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Relato de un viaje.

Ya hace mucho tiempo, en mis primeros viajes por la tierra del sueño, mi nave sufrió un terrible mal y terminé varado en una lejana tierra, desconocida para mi. La tripulación, así como la valiosa carga, desaparecieron por completo. Fui el único sobreviviente.

Caminé sin rumbo por varios días, alimentándome de raíces y bebiendo agua de los charcos que encontraba, temiendo por mi salud. Casi había llegado al límite de mi resistencia cuando encontré una caravana de mujeres con niños en los brazos y hombres cargando grandes recipientes que contenían pescado.

Una de las mujeres, de las poquísimas que no llevaban críos, se acercó y me ayudo a caminar. Me ofreció algo del pescado que cargaban pero lo rechacé inmediatamente, nunca me ha sentado bien la comida del mar.

Me encontraba muy débil para hablar, mis pies se movían por fuerzas que me eran desconocidas. Con la vista nublada, caminaba al lado de la mujer, sentía decenas de miradas sobre mi, pero no me importaba, sólo necesitaba un poco de ayuda, les pagaría de algún modo y no me entrometería en sus asuntos.

Llegamos a una pequeña villa. Poco a poco la caravana se dispersaba, las personas tomaban rumbos diferentes, quizá con dirección a sus casas. Sentí estar a punto de caer desmayado, mi paupérrima alimentación había hecho mella en mi organismo, pensé en el fin de mis días, lejos de mi hogar.

Miré alrededor, sólo encontré a la mujer que acudió en mi ayuda y con el último esfuerzo, logre esbozar una sonrisa de agradecimiento por la compasión mostrada. Antes de caer al suelo, unos vigorosos brazos me recibieron. Perdí el conocimiento.

Desperté sin noción del tiempo transcurrido, cubierto de suaves sábanas blancas. La habitación relucía en una tenue luz anaranjada, era un lugar pequeño y encontré mis escasos objetos personales al pie de la cama. Fuera, alcancé a oír algunos murmullos, pronto apareció un anciano, de larga barba plateada. Pronunció palabras en una lengua ajena a mi conocimiento y se retiró con semblante molesto.

El cansancio hizo que volviera a dormir. Más tarde, unas delicadas manos tocaron mi frente con intención de despertarme. Mi sorpresa fue enorme, pues reconocí a la amable mujer que antes me había ayudado. A su lado estaba el anciano de barba plateada. Pronto comenzó a hablar y la mujer interpretaba sus palabras a mi lengua materna. No supe cómo habían descubierto ese dato tan importante y tuve miedo de preguntar.

El anciano decía que muy caro fue el tratamiento para mis dolencias y que no me encontraba en posición de negociar. La única manera para pagar los favores recibidos, era trabajar bajo sus órdenes. Él era comerciante y sería de gran ayuda para las labores domésticas así como para transportar las grandes cargas de mercancía que llegaban semanalmente.

La ubicación de la villa, así como el nombre del país, quedarían bajo estricto secreto para evitar que huyera. Confiaba que nadie del pueblo soltaría la lengua pues sólo una persona en todo el pueblo conocía otro idioma diferente al local.

Aquí la mujer se detuvo un momento. Parecía que interrogaba al anciano y al final de su breve dialogo, ella palideció. La visita concluyo, pero antes de retirarse, el anciano, a través de su interprete, dijo que estaba en gran deuda con él y con su casa y que esperaba que cumpliera como hombre de honor.

Pasaron los días y mi recuperación fue total. Me encontraba lleno de fuerza y me sentía atado a una gran responsabilidad. Comencé con mis labores, la encargada de hacerme llegar las órdenes del señor era su hija, la mujer que me ayudo. Ella se llamaba Ehhr-Iká.

Pasé largo tiempo sin proferir palabra, cumpliendo cabalmente con todas mis obligaciones. Los días eran largos y las noches cortas, me sentía solo. Las personas nunca volteaban su mirada hacia mi, era como una sombra. Un ser insignificante.

Por mi mente pasó la idea de escapar del lugar, pero no conocía el país, seguramente terminaría muerto. Decidí que lo mejor sería resignarme y terminar con el pago cuanto antes.

Una tarde que el anciano salió de casa, se me permitió retirarme temprano. Aparentemente se acercaba una gran celebración y el anciano quería hacer los preparativos personalmente. Recostado en mi pequeña habitación, escuche una dulce voz que cantaba. Mi curiosidad fue mayor al temor de las represalias y salí en busca de la fuente de tan hermoso sonido.

Ehhr-Iká estaba en el patio, el atardecer más bello que había visto adornaba el misterioso país donde me encontraba. Numerosas luciérnagas revoloteaban por el jardín repleto de hermosas flores color turquesa, de increíbles pétalos que reflejaban la débil luz producto de los insectos y las incipientes estrellas.

Me sentí libre por primera vez en mucho tiempo. Me quité los zapatos y salí, quería sentir el pasto bajo mis pies, oler el aroma de la noche y escuchar la desconocida melodía. Tardé en darme cuenta que Ehhr-Iká era quien cantaba a una inmensa luna llena de color naranja. El cielo nocturno era claro y su voz resonaba por todo el lugar.

Tomé asiento en un lugar apartado, mis ojos recorrieron la figura de mi benefactora, nunca me había percatado de su belleza. Largo tiempo pasé contemplando su figura y escuchando su canto.

Ya se retiraba a descansar cuando se percato de mi presencia. Sus mejillas adquirieron un color rojizo, bajó la mirada y entró sin decir palabra. Esperé unos minutos más y también me retiré a descansar. Al llegar a mi habitación escuché el rumor de unos pasos, Ehhr-Iká entró a mi pequeño cuarto sin pronunciar palabra, simplemente me miró fijamente y comprendí sus sentimientos hacia mi.

Me acerqué ignorando el gran temor que sentía. Miedo al anciano terrible, su padre y al castigo que me esperaba. La contemplé por unos segundos antes de besarla. Mis labios se encontraron con los suyos, nos unimos en una abrazo que pareció interminable y miré sus ojos, negros como la noche, hermosos como la luna. Esa ocasión, nos entregamos al amor.

Al día siguiente, continué con mis labores, pero algo dentro de mi había cambiado, ya no existía el temor, ahora me esforzaba para terminar pronto y conseguir unos minutos libres, junto a ella.

Comencé a ver a la villa como un lugar hermoso, su nombre nunca indagué, mi intención era quedarme para siempre, al lado de mi amada Ehhr-Iká.

Lentamente aprendí el idioma local y cuando me sentí seguro y me había ganado la confianza de mi amo, pedí una audiencia de suma importancia con él. Con dificultad logré articular las palabras necesarias, en la lengua local pedí la mano de mi amada en la lengua natal de su padre. Mostré el mayor respeto posible, fui uno más de su tribu.

Tras un largo silencio, el padre de Ehhr-Iká dio su aprobación, él sabía de antemano que estábamos destinado, de alguna forma misteriosa, a permanecer juntos, a unir nuestros cuerpos para ser una carne y un espíritu.

La boda se realizó con la mayor modestia, eran tiempos difíciles y no podíamos darnos el lujo de derrochar, no ahora que sabíamos que un niño se gestaba en el vientre de mi amada, fruto de aquella noche de discreto amor.

Un niño que significaba una nueva luz para la casa de mi amo. Un niño, siempre deseado, que honraría la casa y marcaría el tiempo de prosperidad. La casa de mi suegro, continuaría su legado. Ese era su mayor deseo.

Pero el destino fue cruel y tras un par de años de vida de mi hijo, el padre de Ehhr-Iká murió. No sufrió, simplemente se despidió de nosotros y de su esposa, se retiró a sus aposentos y expiró en la tranquila calma de una noche de mayo.

Lloramos largos meses, el sustento del hogar desaparecía, era mi turno de hacerme cargo del negocio, de cuidar a mi amada esposa y velar por la salud de mi suegra. Acepte el deber con el mayor de los honores.

Mi hijo, llamado Ivhaa-En, creció fuerte en espíritu, con la mirada dura de su abuelo pero la nobleza de su madre. Lo amaba tanto o más que a su madre, era sangre de mi sangre, mi familia en un mundo totalmente desconocido. Sin embargo, la desgracia no tardaría en caer.

Apenas mi hijo había comenzado su periodo escolar cuando una terrible infección cayó sobre él, la epidemia azotó la villa, los niños sufrieron una terrible enfermedad. Los dioses castigaban a los hombres quitando la vida de su ser más amado: el hijo que tanto habían deseado. Castigaban matando a un inocente, un ser puro, incapaz de cometer el mal.

Los infiernos mostraron su lado más cruel y toda la villa sufrió la muerte, sin embargo, nadie mostraba la menor lástima, todos contemplaban, impasibles, los cadáveres de sus seres más queridos. Mi amada esposa, por el contrario, sentía un vacío en el corazón: su hijo había muerto. No existe palabra para definir la perdida.

Mi ser atravesaba por una dura etapa, no me sentía capaz de consolar a mi amada. Pasé varias noches en vela, imaginando un medio para remediar su tristeza. La iluminación llegó una tarde de rojo ocaso, sentado contemplando la ciudad en el mismo lugar que espiaba a Ehhr-Iká ensayando para el festival.

Bajé y le conté sobre mi idea: un lugar para recordar a las personas que ya no están con nosotros, un lugar sagrado, como existe más allá de la villa, en el mundo que alguna vez llamé hogar. Ella se mostró contenta, su sonrisa brilló de nuevo en su rostro y fui feliz.

Tardé en preparar todo. Hice traer a un niño consagrado a los dioses para que me ayudara con un rito de despedida, contraté fuertes trabajadores para excavar la tumba en un gran terreno que compré con el dinero que había heredado de mi suegro. Este sería el cementerio, el primer y único en toda la villa.

Reuní a varias personas allegadas a mi familia, vinieron amigos de todos lados, algunos habían sufrido la misma perdida, pero, a diferencia de mi esposa, ellos no sentían tristeza. Ignoraba que hacían con el cuerpo sin vida de sus hijos.

Todo estaba preparado, el “niño sacerdote” oraba en su lengua natal mientras quemaba fuertes inciensos. La atmosfera se tornaba densa, los humos, el canto extraño, invocaban los recuerdos de mi hijo. Él amaba los juegos, era muy vivaz y de gran inteligencia. Sin darme cuenta las lagrimas surcaron mis mejillas.

Abracé a mi esposa, también lloraba, pero sentía una gran calma en su ser. Miraba fijamente la pequeña caja donde habíamos depositado el cuerpo de nuestro hijo… me es difícil describir lo que vi.

El cúmulo de emociones, mezclado con la nube tóxica de desconocidos inciensos, estimularon mi mente al grado de sufrir una especie de alucinaciones. Vi a mi hijo, me llamaba por mi nombre y gritaba el nombre de su madre. Su abuelo estaba al lado, me miraba desconsolado, con gran rencor. Sentí que me culpaba de toda la desgracia.

¡No! No era así, simplemente quería ser parte de ellos. Había perdido todo en la vida: mi camino, mis padres, mis hermanos, mis amigos. Quería comenzar una vida nueva, junto a la mujer que amo. ¿Era mucho pedir?

Montones de pensamientos atravesaron mi mente, recordé mi infancia, la ocasión que huí de casa, los golpes de mi padre… no permitiría que se repitiera. Ya tenía algo bueno, algo porque luchar: Ehhr-Iká.

Me separé de su lado, ví su rostro cansado y el renovado brillo de sus ojos. Me llené de éxtasis, quise que todos compartieran mi alegría, ellos también podían alcanzar el consuelo por la muerte de sus hijos.

Me armé de valor, hablé frente a las personas reunidas alrededor de la tumba de mi hijo. Les conté de mi mundo, de cómo enterramos a los muertos para recordar las cosas buenas que nos dieron en vida, para recordar la fragilidad de nuestra existencia, para aprender a vivir, no sólo a existir.

Les dije que ahora, ellos podrían enterrar a sus niños muertos, este lugar sería consagrado para su eterno descanso. Me miraron fijamente, sin proferir palabra. Unos pocos se retiraron en silencio, la mayoría esperó. Rostros pálidos, algunos llenos de ira… ¿estaba mal mi propuesta? ¿Qué antiguas leyes impedían que se llevara a cabo?

Reflexionaba en silencio, buscaba las palabras para disculparme, mi conocimiento en su lengua natal no era muy amplio. Debía retirar mis palabras. Justo antes de comenzar mi disculpa, un hombre arrojó al “niño sacerdote” a la fosa donde estaba mi hijo. Esta no había sido cubierta con tierra.

Quedé aterrado por semejante sacrilegio. Era una clara ofensa al Dios mayor de la villa. Mi horror aumentaba cada segundo, mis ojos no podían aceptar lo que tenían enfrente: uno a uno, fueron arrojando a sus niños a la fosa.

Grité desesperado, gritaba que se detuvieran pero no comprendían mis palabras o no querían escuchar. Hubo agudos llantos, yo me quedé paralizado al mirar el fondo y contemplar una creciente mancha carmesí en el rostro de un niño. Eran demonios disfrazados de seres humanos y arrojaban a la muerte a lo más puro que se encontraba en la villa.

Un terrible aullido me sacó de mi estado de confusión, Ehhr-Iká gritaba como una maniática y golpeaba a una mujer para evitar el terrible destino de su hijo. Fuertes brazos de hombres la sujetaron y me volví loco, la rabia cegaba mis actos, apenas recuerdo que pasó. Todo parece un mal sueño.

Ehhr-Iká gritó más fuerte y pude comprender algunas de sus palabras: ¡No a los vivos! ¡Mi esposo se refería a los muertos! Tkhleeee… tkhleeeeee ¡Muertos!

El escándalo llegó a oídos de las autoridades, a mi esposa y a mi se nos culpaba de todas las muertes de ese día, incluida la muerte del “niño sacerdote”. Nos dijeron que eso pasaba cuando se le rendía tributo a la muerte, por eso los cadáveres eran tirados en la frontera, donde eran devorados por las criaturas.

Fuimos consignados a la prisión de Mknaermer. Ehhr-Iká no soportó el dolor y se quitó la vida. Ahora estoy sólo, lejos de casa, en una tierra extraña, cargando con la culpa y el remordimiento. Simplemente quería ser feliz.