miércoles, 16 de junio de 2010
¡Escúchame!
lunes, 14 de junio de 2010
Cometí un error.
lunes, 31 de mayo de 2010
Mariposa y Caracol.
Para Martha.
El Caracol salió de su concha
Asomó la cabeza entre las plantas
Y miró al cielo buscando las alas
De alguna hermosa mariposa.
Una Mariposa volaba bajo
¡Oh, que gran cansancio!
pues de lejos venía
buscando compañía.
Al Caracol le saltó el corazón
Cuando a lo lejos miró
Un par de antenas marrón
Volando en su dirección.
Alas de color azul
Grandes ojos brillantes
Una figura esbelta
Y por supuesto,
Una sonrisa coqueta.
Hola linda Mariposa
Te pregunto una cosa
¿qué haces por estos lugares?
Cansada de volar estoy.
Un largo viaje ha sido,
Y por cierto, muy aburrido.
Sin compañía yo voy
Recorriendo el jardín,
Que parece no tener fin.
Diga usted, Mariposa,
en qué puede ayudar
un sencillo caracol.
Un lugar para descansar
Y algo de su tiempo
para conversar.
Mi hogar es apenas una choza,
pero yo le ofrezco otra habitación,
algo digno de admiración:
Una bella flor.
Si conversar desea
Subiré hasta la azotea.
¡Qué tierno y que amable eres, Caracol!
Gracias por tan bella habitación,
En verdad aprecio tu atención.
Mariposa se retiró a dormir.
Al día siguiente,
Caracol no tardó en subir
Para su tiempo compartir
Con tan distinguida huésped.
Un día él subía,
Otro ella bajaba
Él le coqueteaba
Y ella se sonrojaba,
Pero nunca le comentaba
El cariño que le profesaba.
Oculta entre las hojas
Alguien asoma las cejas
Observa con impaciencia
A la dulce pareja.
Una Araña llego una tarde,
Y con gran alarde
Tejió una red muy grande.
Mariposa la vio
Y pensó
¡Qué hermoso lugar!
Una tarde Caracol subió
Y a Mariposa no encontró
Asustado, entre las flores buscó.
Muy sorprendido
Y algo confundido
A la tierra volvió.
Mariposa estaba con Araña.
¡Oh, que gran artimaña!
Mariposa se fue con Araña.
La parte bella se acaba
El amor con rima se expresa
Pero cuando la decepción hace presencia
Se reemplaza con la sobria prosa.
Porque Caracol siente tristeza y la alegría se marchita como una flor en invierno. ¿Acaso son celos? No comprendía la indiferencia de Mariposa, no aclaraba sus sentimientos, ¿era amor o solo un capricho?
Caracol se refugió en su rutina, mientras Mariposa platicaba con Araña. Pasaron las tardes soleadas y noches frías. Había mañanas húmedas de rocío y también hubo días con viento. Mariposa regresó uno de esos días, con las alas caídas y la mirada triste. –Vengo a despedirme. –Dijo Mariposa. –Fue un placer compartir el tiempo contigo pero ahora se que no todos son buenos, ahora busco a Soledad, dicen que ella sabe curar la clase de mal que yo tengo. Los amigos en silencio se despiden, no hay palabras para expresar el dolor.
Mariposa voló y Caracol lentamente se arrastró a su casa en la tierra…
El Tiempo es inclemente, no se detiene y no consiente caprichos, se mueve y no lo percibimos como él quiere, basta un parpadeo para olvidar cuanto ha pasado. Porque el sol vuelve a salir y la luna no deja de brillar entre las estrellas,
de la belleza fría de la noche,
regresa la poesía
sin ningún reproche.
Porque el tiempo las cosas cambia
Y aunque no se le da tanta importancia,
Crecemos. Eso es constancia.
El Caracol salió de su concha
Asomó la cabeza entre las plantas
Y miró al cielo.
miércoles, 26 de mayo de 2010
Gabriel Mancera. Desenlace.
Fernanda comprendió al instante. En el poco tiempo que lo conoció, se dio cuenta que era francamente iracundo, incapaz de contener su coraje y frustración. Quizá Joaquín tenía razón al no contarles que pasó; ahora ya no quería escuchar, pero era inevitable, Susana no se conformaría solo con saber que Gabriel estaba molesto, ella vivía con la idea del “Todo o nada”. Así fue siempre, incluso con Gabriel, nunca estuvo a gusto siendo solo su amiga, quería estar más cerca de él, ser una pareja.
Lo que escuchó fue francamente terrible: Suicidio. Solo eso bastó para cimbrar su corazón, le faltó el aire y sintió que se desmayaba. Joaquín la sostuvo, Fernanda lo abrazó comenzó a llorar amargamente.
Gabriel Mancera escuchaba los murmullos de sus “amigos”. No entendía claramente lo que decían, pero estaba seguro que hablaban de él. Esbozó una sonrisa, imaginó que Joaquín les contaba de “su gran desgracia”. Para como él lo veía, no fue tan malo, solo fueron daños colaterales como diría cierto personaje.
Gabriel supo que hacer desde que Lucia ignoró sus llamadas y mensajes: Venganza. Había que planearlo con cuidado, sabía que ella era un persona sensible a pesar de su duro carácter. Ella tenía miedo de sentir, no quería cargar con el peso de los sentimientos, porque los expresaba de manera muy intensa; Miedo, Amor, Tristeza, Enojo, Alegría eran cosas de las que no quería saber. Llevaba una vida aislada pero debajo de esa armadura, se encontraba una persona débil.
Para consumar su plan, primero tenía que hablar con Susana. Pensaba hacerle creer que estaba enamorado de ella, que quería que fuera su novia. Después, arreglaría una cita con Lucia en alguna fiesta en común y le haría ver que ella no era la única, que hay muchas chicas y que no le importaba su indiferencia.
La cita se concertó el 11 de enero, Susana estaba cegada por la ilusión, la misma que él sintió alguna vez. Gabriel estaba terminando de peinarse, se miró al espejo, contempló sus ojos, café claro, con grandes ojeras. Vio una sonrisa sombría y una palidez tremenda. De pronto lo vio claro… ¿de que serviría todo? ¿Valdría la pena usar a una buena persona (su amiga) para humillar a la chica que lo rechazó? ¿Realmente Lucia se sentiría humillada?
Nadie aseguraba el éxito, nada probaba que todo funcionaría. Quizá Lucia se burlaría de su estupidez. ¿Qué tan importante era él para Lucia, si no se presentó a la Iglesia? Estaba mal, todo estaba muy mal.
Gabriel cayó víctima de la desesperación, se sintió frustrado, sin intentarlo, ya sabía que todo sería un fracaso. Eso era todo, un momento de claridad, un momento en el que veía la verdadera solución.
Gabriel corrió a su habitación, tenia guardada una botella de vodka. Regresó al baño, abrió el gabinete del espejo y encontró diferentes medicamentos: Flouxetina, Risperdal, Haloperidol. ¿Qué demonios hacían esos fármacos en el baño? Sin respuesta a su pregunta, llenó un vaso de vodka, pulverizó varias pastillas de Risperdal y agregó el Haloperidol… --Salud. –Dijo a sí mismo.
Gabriel Mancera Hernández llego a su casa después de un largo día de trabajo. Estaba cansado, miro al cielo antes de entrar a casa; la luna brilla llena, enorme. Su luz alumbraba el oscuro pórtico, pensó en su esposa, dentro de 2 meses cumpliría 7 años de muerta. Recordó el tiempo en que contemplaban la luna, que tanto le gustaba a María, su difunta esposa.
Abrió la puerta y llamó a su hijo Gabriel. Había discutido tanto con María para convencerla de llamar así al niño… no respondió… era algo raro, Gabo siempre bajaba corriendo a saludarlo. Tuvo un mal presentimiento, gritó otra vez el nombre de su hijo y no obtuvo respuesta.
No recordaba cómo, pero ahora estaba manejando muy rápido, su hijo estaba inconsciente en el asiento del copiloto, tenía que llegar lo más pronto posible al hospital. No sabía cuanto tiempo de vida le quedaba a su hijo. Dio vuelta, una luz muy intensa le deslumbro… ruido de metales doblándose… un fuerte impacto.
Gabo no recordaba nada de eso, solo despertó y vio a Joaquín llorando a su lado. Ya no sentía dolor. --¿Qué hiciste? –Preguntó Joaquín. –No sé. –Respondió Gabriel, miró a su alrededor y encontró a su tío Pepe. –Tu padre, mi hermano, ha muerto y tu tienes la culpa. –Vociferó el tío José. Ahora ya no importa.
Gabriel llama a Joaquín, pide que lo lleve al coche. La silla de ruedas en la que se encuentra, rechina. Gabriel, incapaz de mover su cuerpo, se despide en silencio de la tumba de su padre. Susana le dirige unas secas palabras de ánimo, no sabe que más decir, esta confundida. Fernanda lo mira con temor, esquiva su mirada y se dirige al coche, dejando atrás a Joaquín. Joaquín empuja la silla y Gabriel ríe.
A lo lejos una figura delgada y en extremo pálida contempla a los chicos partir. Se acerca la tumba de Gabriel Mancera Hernández y deja un par de rosas. –Papá, ¿por qué nos abandonaste a mi mamá y a mi? Tu nos viste juntos muchas veces y me abriste las puertas de tu casa cuando visitaba a Gabriel ¿Por qué nunca me dijiste que Gabriel y yo somos hermanos?
Lucia llora en silencio y el viento se lleva una oración.
domingo, 23 de mayo de 2010
Gabriel Mancera. Segunda Parte.
Susana escuchaba. Por su mente cruzaron las imágenes de la historia contada por Joaquín. Lo veía todo claramente. En la temporada de Adviento del 07, Gabriel Mancera estaba muy ilusionado; por primera vez en su vida sentía la cercanía de una chica. Durante las noches rezaba al niño Jesús, tan agradecido estaba por el milagro que dentro de su ateísmo, por fin aceptaba la existencia de un Dios bueno. Había sido tan necio y ahora no encontraba como expresar un inmensa gratitud.
Gabriel volvió a la parroquia de su colonia a leer, su tía estaba encantada y afirmaba que ahora que regresó, la iglesia tenía más feligreses. Para la misa del 3er Domingo de Adviento, Gabriel le pidió a Lucia que fuera a escucharlo leer, el tenía un plan que consideraba perfecto: Lucia estaría sentada en las bancas de la mitad de la iglesia, justo al finalizar el sermón, considerando que a ella no le gustan ese tipo de celebraciones, saldría con ella. La llevaría a tomar un “Frapuccino” (su bebida favorita) y durante una animada platica sobre el significado metafórico de la Nausea de Jean Paul Sartre, le pediría que fuera su novia.
No había fallos y la negativa no era una opción. Sabía que aceptaría sin pensarlo, tenían tanto en común que estaba seguro que ella deseaba compartirle su tiempo tanto como él lo deseba.
Cuando llegó ese día, Gabriel esperó ansiosamente la llegada de Lucia para llevarla al asiento que tenía reservado. Poco a poco la gente llenaba la iglesia, era hora de iniciar la misa y Lucia no aparecía. El padre Juan comenzaba la oración de apertura, los cantos que llenaban de alegría y solemnidad el suntuoso edificio callaron y el alma de Gabriel, que otrora celebraba con esa música, como si los ángeles descendieran y le hablaran al oído ahora gemía de ira y dolor. Nunca antes había maldecido tanto al coro de una iglesia, pues para él, ahora sonaba tan desgarrador como uñas arañando un pizarrón.
Bajo el influjo infernal de semejante cacofonía, el joven se acercó al altar, en su camino recobró un poco de su cordura y la contemplación del Cristo Redentor le mostró la pequeña chispa de esperanza que guardaba en su corazón.
Ya era su turno de pasar al púlpito, sentía mucho calor, su visión era borrosa y su paso lento. El estomago le daba vueltas mientras la terrible sequedad de la garganta pronosticaba una dificultad para hablar. Todo fue confusión y antes de darse cuenta, estaba fuera de la iglesia, siendo reprendido por su Tía Ana debido a su pésima lectura. La misa había terminado.
Salió con la mirada perdida, en sus oídos sonaba la reprimenda de su tía. No le importó en lo absoluto. Caminó hasta su casa, pensaba en Lucia, en su actitud, debía tener una explicación lógica, siempre la hay. Al entrar a la sala de la casa, tomo el teléfono y le marcó a su celular. Sonó varias veces, pero nunca contestó. Le mando un mensaje y no obtuvo respuesta.