domingo, 29 de junio de 2014

Lejos de casa

El interrogatorio comenzó fulminando al chico con una simple pregunta --¡¿Cómo que te vas?! –Dijo la madre. Aquél joven no pudo sostener la mirada y se quedó largo tiempo contemplando las paredes blancas de su habitación, buscando escrita alguna ingeniosa respuesta.

            El padre observaba, inquisitivo, esperando pacientemente las palabras que no brotaban. --¿Ya lo pensaste bien, hijo? –Y su mente divagaba entre oraciones elaboradas y citas de algún libro, pero no lograba acertar la respuesta. Un suspiro rompió el silencio y madre se llevó una mano a la frente.
            Una cama sin sábanas, libros tirados por la alfombra y una pequeña lámpara apagada sobre un escritorio de madera vieja. Tenía hambre, había pasado todo el día sin comer, reflexionando sobre este momento, preparándose. Se acobardó al tiempo que sintió cerca a sus padres. Lo mejor era guardar silencio.
            Dos pares de ojos lo examinaban con detalle. A punto de soltar una lágrima, su padre exclamó –no llores o te voy a dar una razón para ello--. No importaba la edad que tuviera, seguía siendo un niño a los ojos de sus padres. Sus manos temblaban y débilmente exhaló un sonido ininteligible.
            --Habla fuerte –resonó. –Me voy—dijo con calma. Hubo una nota extraña en la voz del hijo. Ahora la madre también temblaba. La noche era fría y el viento soplaba entre los árboles, el padre pareció notarlo y cerró su chamarra, la madre cruzó los brazos, pero el hijo mantenía la postura.
            --Si has tomado la decisión, supongo que debes tener un plan. Ya pensaste en los gasto, comidas… --Siguió hablando un rato hasta que se perdió en las divagaciones. --¿Para qué te vas? Aquí es tu casa, mejor busca algo seguro… --Pero no entendía qué era eso seguro. Inhaló profundamente y luego talló sus ojos.
            --No tengo nada que me ate a este lugar—replicó sin darse cuenta de sus palabras. Hubo un reproche y sintió el frío de la noche. –Si tengo, perdón, no quería ofenderlos… --Pero sí quería hacerlo y se sentía culpable por ello. –No nos faltes al respeto que no te educamos de esa manera –No puedes salir así nada más, ¿y si te pasa algo? ¿Cómo sabremos?
            Con la boca seca no podía articular bien las palabras. Cada reproche se convertía en una losa que debía soportar y ¿cómo podría salir corriendo de casa bajo esa carga? Eran flechas envenenadas lo que recibía y no pudo contener el llanto. Débil. Esa era su realidad y no tenía medio para enfrentarla.
            Sus oídos comenzaron a zumbar y notaba borrosas las imágenes frente a él. Trataba de escuchar pero únicamente distinguía los sollozos que producía. Era tiempo, la edad avanza y tenía planes, pero tenía miedo y estaba estancado contemplando el vacío que se había convertido en su habitación.
            Entonces lo vio claramente, entre la marea de pensamientos que le ahogaban, un recuerdo casi olvidado de su niñez y las notas que componían una suave música interpretada por un anciano de larga barba y cabellos blancos. Una oda, solía decirle mientras caminaban de la mano por el parque.
            Suavemente se detuvieron las lágrimas y se dibujó una sonrisa al compás de su corazón latiendo a cuatro cuartos. Era una decisión que había tomado antes del bachillerato, mientras su madre y su padre maquilaban en las nubes una bata blanca. Pero sus propios sueños estaban llenos de cuerdas y viento.
            --Está hecho y lo siento. Estoy solo en esto, pero ya he tomado mi decisión. Encontraré los medios para abrirme camino. Ustedes dos me dieron todo lo que podían, lamento decepcionarlos, pero mi abuelo me señaló el camino antes que ustedes.
            Ya no había sorpresa en los rostros, ni enojo, tampoco reproches, solo la dulce sonrisa de unos padres al ver crecer a su hijo. Afuera, la noche fría amenazaba con una tormenta. Se paró de su silla y se acercó a la ventana, que ya era golpeada con pequeñas gotas de lluvia. Su mano se posó sobre el cristal y dejó una huella.
            Otra vez repasó los detalles a su alrededor. El frío se colaba por la ventana, habría que mantenerla bien cerrada. Cruzó la estancia con paso firme, sin mirar a los lados y salió. Cerró la puerta y la habitación quedó sola y en silencio.

1 comentario:

D' Gaviota dijo...

Aaaaaah, tenía mucho que no pasaba a leerte hermano, me gustó tu minicuento, una historia muy interesante, creo que ese chico se parece mucho a ti, persigue su sueño. Abrazos :)